
Malos tiempos para la libertad de expresión y la independencia de opinión. A pesar de que hoy en día existen grandes cadenas de noticias que nos otorgan la posibilidad de estar informados las 24 horas del día, cada vez nos enteramos menos de lo que realmente sucede y nos sentimos más desinformados que nunca. Siempre existen diferentes versiones sobre un mismo asunto, aunque a menudo accedemos a sólo una, la oficial. Mentira tras mentira, se llenan páginas de periódicos que contienen palabras de supuestos expertos que otorgan autenticidad al engaño. Cada vez es más difícil encontrar fuentes de información independientes y fiables.
Una de las virtudes de la democratización de la red en la era de la “información” es su diversidad de contenidos y opiniones. Justamente lo que ahora se quiere cortar de cuajo mediante la SOPA (Stop Online Piracy Act) y otras leyes restrictivas que actualmente se estudia implementar en todo el mundo. Mientras, la sensación generalizada que experimenta la ciudadanía es la de estar perdiendo derechos y ganando artilugios inútiles. Ya no podremos navegar libremente, pero siempre nos quedarán los iphones, ipads y demás dispositivos electrónicos, inventados para recrearnos y contentarnos mientras que los Gobiernos y los lobbies empresariales cometen sus fechorías. Es precisamente en aras de estos aparatitos, innovadores y tecnológicos, que se sacrifican los derechos laborales más básicos. “No podemos permitirnos el estricto cumplimiento de todos los derechos laborales porque eso significaría una ralentización en la innovación y los clientes quieren productos increíbles cada año” dijo recientemente un ex directivo de Apple, pronunciándose acerca de los cuestionamientos que recibió dicha empresa tras la segunda explosión ocurrida en una de sus fábricas de Ipads en China, que acabó con la vida de dos trabajadores e hirió a otros más. Los clientes, -el consumo- tienen la última palabra. Incluso sobre la vida y la muerte. Los conglomerados económicos actúan a través de sus gobiernos serviles para no ensuciarse su imagen, disponiendo de las leyes a su antojo. En el caso de la SOPA, es el Gobierno de Estados Unidos el villano que quiere restringir nuestros derechos y libertades, y no los enormes holdings empresariales que lo presionan para promulgar leyes restrictivas, como son Apple y Microsoft a través de la BSA (Business Software Alliance), o Time Warner, Universal, EMI y Sony.
Los mecanismos oficiales de distracción para desviar nuestra atención de los asuntos que realmente importan, son ya un hecho consumado. Los gobiernos los utilizan a su antojo, para tapar escándalos de corrupción o simplemente para transmitirnos malas noticias sin que nos demos ni cuenta. El fútbol, la fórmula 1 y demás deportes populares son sedantes naturales para una población ya acostumbrada a adormilarse frente al televisor. En caso de que esto no funcione, algunos gobiernos utilizan pantallas aún más grandes como método de distracción eficaz. Nos engañan cual niño con dulce, y nosotros nos dejamos. Cuando el gobierno que dirigía Margaret Thatcher estaba en sus horas más bajas debido a su confrontación directa con los antiguamente potentes sindicatos obreros por la privatización de las empresas nacionales más importantes, un pequeño país del sur del mundo que probablemente muchos ingleses nunca habían oído ni siquiera nombrar, decidió invadir y recuperar unas pequeñas islas aún más desconocidas y lejanas que dicho país invasor. A la Thatcher, le vino como anillo al dedo. A pesar de que el parlamento en su pleno consideró la opción de dejarlas en manos de aquel país dictatorial del sur, ella se rebeló y se sacó de la chistera un discurso nacionalista embriagador acerca de la importancia de la soberanía británica y como ésta nunca debía ser puesta en entredicho por un país minúsculo. El resto de la historia ya la conocemos: la Thatcher envió sus grandes barcos y sus muchos soldados hacia allí y se ganó la permanencia en el cargo por varios años más, los suficientes como para seguir desmantelando el Estado Británico y continuar influyendo en reformas similares en el resto de países del mundo. Hoy en día Cristina Kirchner, presidenta de aquel país sureño que es Argentina, utiliza una estrategia similar para tapar y embobar con la causa soberana de las ya manoseadas islas a la población, ocultando aumentos de servicios e impuestos, cosas que la gente prefiere no escuchar. El reclamo de la soberanía es legítimo, aunque no su manipuladora utilización.
Hoy en día el mecanismo del ocultamiento de verdades sigue siendo un arma realmente provechosa para los gobiernos del mundo. Las tapaderas informativas se deciden con un chasquido de dedos en cuanto existe algún probable riesgo desestabilizante. El presidente Rajoy no sale a escena cuando hay malas noticias que comunicar con la intención de no perturbar su imagen. Sus lacayos obedientes lo hacen por él, y de paso, se aseguran su muerte política y sus 15 minutos de gloria. Nos toman por tontos: el poder piensa que si no se deja ver no sabremos que es él quien nos toca los bolsillos. Los gobiernos serviciales prefieren romper las promesas realizadas a sus ciudadanos y votantes antes que quedar mal con los mercados. En nuestras narices nos quitan o nos recortan derechos obtenidos a sangre y fuego a lo largo de los dos últimos siglos por el sólo hecho de tener contentos a los mercados y las calificadoras de riesgo, con la intención de que los primeros nos sigan comprando deuda soberana, y que las segundas no nos rebajen la nota que ellas mismas disponen por capricho propio. La verdad, la honestidad, y la Justicia, palabras que muchos gobernantes se atreven a mencionar, pero pocos a cumplir, ya sólo se encuentran en los tratados y convenciones internacionales.
La Justicia, lenta y ciega por antonomasia, se olvida de sus carencias y lentitud cuando se trata de servir a los poderosos. La condena ejemplar propuesta contra el creador de Megaupload, -nada más y nada menos que 50 años-, o a la que se enfrenta el soldado Manning, divulgador de los cables secretos estadounidenses publicados por Wikileaks –cadena perpetua-, nos dan la pauta de los riesgos que existen por escupir en el plato de los que detentan el poder. La Justicia ya no sirve al pueblo, sino que sirve para engañarlo. Los pocos jueces que se animan a salirse del espectro de la obediencia y la servidumbre, son castigados con juicios injustos por razones idiotas, y por supuesto, con la posterior destrucción de su carrera. Atrás quedaron los grandes logros del Juez Garzón mediante el buen uso del principio de la Justicia Universal. Esos logros, como el enjuiciamiento a militares genocidas argentinos protegidos por leyes de amnistía absurdas, o el arresto de Pinochet por sus crímenes a la humanidad, quedaron eclipsados por la causa judicial en la que actualmente se encuentra inmerso por su intento de esclarecimiento de los crímenes cometidos por la dictadura franquista, a todas luces ilegítima y asesina.
Hace ya un buen tiempo que no ganan los buenos. No sé si se tratará de una sensación generalizada, pero el mundo se está convirtiendo, poco a poco, en el festín de los poderosos. El triunfo de la verdad y la justicia se convirtió en privilegio exclusivo de los telefilms. En la realidad no virtual ya no se ve el triunfo de la justicia y la razón, y los logros sociales ya sólo se recuerdan como algo lejano el 1 de Mayo de cada año mientras nos rascamos la barriga. Cualquier atisbo de rebelión o de simple divulgación de información, es rápidamente sofocado de alguna u otra manera por el poder existente, que extiende sus redes influyentes sobre la totalidad del mundo globalizado. Wikileaks es un gran ejemplo de la última y más conocida rebelión. Su crimen fue divulgar información que habitualmente es ajena a los ojos de los ciudadanos de a pie, y que los gobiernos utilizan a nuestras espaldas y en nuestro nombre. Por esa aberrante fechoría, su líder fue inculpado judicialmente, y sus fondos fueron cortados de cuajo por las empresas que sirven al poder y promueven la ignorancia y el consumo desmesurado, como Visa, Paypal y otros medios financieros de pago.
Hoy en día es casi imposible distinguir entre la realidad y la ficción. La película constante en que vivimos y en la que no cumplimos otro rol más que el de figurantes, nos mantiene controlados con un guión escrito por otros. Saltarse ese guión, requiere de coraje, valentía e implicación. La otra opción que nos queda es ceñirnos a lo establecido y adormilarnos mientras nos cuentan un bonito cuento con final feliz.

