Los
escraches se originan en Argentina y se crean como manera de evidenciar la ira
social que suponía la impunidad de los exrepresores que caminaban libres por
las calles entre sus propias víctimas. Se trata de una manifestación pacífica
que tiene por objetivo dirigirse al domicilio personal o laboral de la persona
escrachada, con el fin de denunciarle y señalarle como responsable o
protagonista de una u otra cuestión. De esta práctica se derivan otras, como la
“piedra libre al genocida” o la Funa, en Chile.
En el
caso español se está aplicando por la PAH (Plataforma de Afectados por la
Hipoteca) y diversas organizaciones afines, para impulsar el voto favorable de
la ILP (Iniciativa legislativa popular) presentada por dicha organización.
La
iniciativa se pone en práctica tras una situación de hastío generalizado, como
expresión legítima y consecuente del distanciamiento
existente entre la clase política y social.
La
clase política le tiene pavor a los escraches, eso tan extraño y que viene de fuera, y por tanto se encuentra atemorizada.
Se teme que la novedosa práctica sea el punto de partida de una eclosión
popular contra el gobierno y sus políticas, y que esta sume cada vez más
adeptos o que se torne agresiva y radical.
Se
podría decir que la PAH jugó una ficha incierta, y metió el dedo en la llaga.
Los escraches están dando resultados, estorbando
en demasía a los políticos. Las acciones despiertan gran curiosidad entre la
ciudadanía, que se pregunta recurrentemente qué es esto de los escraches que
tanto incomoda a los políticos. El morbo de ver molestos a los políticos, de
contemplarlos en esa situación incómoda, despojados de la seguridad habitual
que le proporcionan el atril, los micrófonos o su verborrea convincente, es
superior, al menos de momento, a cualquier consideración negativa o positiva acerca del escrache.
Son
varios los políticos que pusieron el grito en el cielo acerca del tema. Rajoy
salió inmediatamente a calmar los ánimos ante el alzamiento de voces de
personalidades de su propio partido, ordenando un silencio absoluto acerca del
tema. Se encuentra ahora en la dicotomía de permitir las molestas
demostraciones públicas u ordenar su prohibición o represión. De momento ha
optado por dejar que fluyan las opiniones de juristas y otros expertos en los
medios de comunicación, que califican a las acciones coordinadas como ilegales
(según el punto de vista de algunos) o como mínimo contrarias a los valores
democráticos.
Pero
realmente existe otra vía para canalizar el estado de indignación generalizado?
La clase dirigente parece hacer oídos sordos a todo reclamo popular, tomando a
veces una posición confrontativa (cuando Cristina
Cifuentes declara que lo que hace la PAH es Kale
Borroka) y otras una de distanciamiento (con Rajoy no se pronuncia o lo
hace a través de televisores, sin posibilidad de réplica o preguntas).
La
postura intransigente de Rajoy y compañía está generando el caldo de cultivo
necesario para que se lleve a cabo este tipo de protestas inéditas en España,
que pueden llegar a contener expresiones de ira nunca antes vistas en
manifestaciones similares y que por tanto pueden parecer a simple vista
agresivas por su carácter diferente, aunque en realidad son totalmente pacíficas.
Estas proceden de la cólera genuina experimentada por la gran mayoría de la
población.
Más
allá de la valoración de los escraches, es preciso reconocer la capacidad que
tiene el movimiento PAH para recoger y rentabilizar el fastidio generalizado. Supone
una forma innovadora y práctica de hacer política y fomentar el activismo
ciudadano. Con los escraches lograron aunar el enfado generalizado existente
contra la clase dirigente por los diversos frentes que actualmente le aquejan:
la corrupción, las preferentes y los desahucios. Con esa simple lógica
obtuvieron un nuevo posicionamiento acompañado de acalorados debates en los
medios de comunicación, que fortalecieron su presencia y permanencia en los
mismos. La hábil jugada permite agrupar una fuerza mayor que la habitual, que a
pesar de estar integrada por múltiples reclamos individuales, la PAH la
canaliza para hacer presión por un claro y único objetivo propio: la aprobación
de la ILP (Iniciativa legislativa Popular) presentada por dicha organización.
La
polémica y novedosa iniciativa traslada desde Sudamérica hacia Europa una forma
de activismo que utiliza muchas veces la violencia verbal y que roza en
ocasiones la física, alimentada por los exabruptos e insultos que se generan en
el curso del escrache. En los escraches que se dieron hasta ahora no se
registró agresión física alguna, aunque los políticos damnificados por los
escraches ya andan buscando una cabeza de turco para evidenciar que estas
prácticas son agresivas, para así terminar con la amenaza cuanto antes. Se
puede entrever esta estrategia
en la muy reciente y presunta agresión al consejero de Sanidad de la Comunidad
de Madrid, Javier Fernández Lasquetty.
Los
escraches son la respuesta lógica a la poca atención demostrada por la clase
política a las numerosas movilizaciones que se están llevando a cabo, a la
represión de baja intensidad a la que se les somete a sus participantes, al
descrédito que se le atribuye a los manifestantes y a la incoherencia
manifiesta del capitalismo democrático, que es cada vez más capitalista y menos
democrático. Es el efecto legítimo del hartazgo soberano y el reclamo necesario
que alza la voz para que por fin nos escuchen.
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